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António Gutiérrez de Otero y Santayana

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ANTONIO GUTIERREZ DE OTERO Y SANTAYANA, nació en Aranda de Duero (Burgos) el 8 de mayo de 1729 y falleció en Tenerife en 1799. De padre militar, ingresó de cadete en el ejército a los siete años de edad. Fue elegido para suceder al Marqués de Branciforte en la Comandancia General de Canarias. Siendo Comandante de la isla de Menorca, y con 51 años al servicio de su Majestad, solicita ser Mariscal de Campo, para la obtención de dicho título alega haberse hallado en la guerra de Italia, en la expedición a las islas Malvinas -de que fue encargado- la de Argel -en la que fue herido- y ayudante de Campo del general don Martín Alvarez en el bloqueo de Gibraltar. Con la promesa de tenerle presente en las próximas promociones no obtuvo dicha solicitud hasta tres años después, en que la volvió a pedir añadiendo ser el gobernador de Mahón y actual encargado del mando general de las Armas del Reino de Mallorca e islas adyacentes, por la ausencia del Capitán general Conde de Cienfuentes, que se hallaba en Lisboa y desde informa la solicitud, favorablemente, dirigida al Sr. Conde del Campo de Alegre, para obtener el mencionado grado, después de cincuenta y cuatro años de servicio. Ese mismo año fue nombrado Comandante General de las Islas Canarias e inspector de sus tropas reglada y de milicia. Desde Mahón, dispone con su familia la marcha hasta Tenerife llegando a Cádiz el 8 de enero de 1791, después de un penoso viaje invernal desde la ciudad de Barcelona, a bordo de la fragata Juno. El día 30 de enero llega a Tenerife y se da a conocer al Mariscal de Campo don José de Avellaneda, tomando posesión del mando al día siguiente. En lo relativo al término “familia” empleado anteriormente, suponemos, se refiere a que le acompañaban sus sobrinos ya que era soltero o bien este término era genérico y se refería a cualquier acompañante. El día de San Fermín, en el año 1792 don Antonio se encuentra enfermo y oficialmente lo comunica desde su lugar de reposo, en San Miguel de Geneto, al parecer el clima de S. Miguel de Geneto no le sentó nada bien y en agosto elige la Villa de la Orotava, y desde allí certifica el arribo de quince barcos, entre ellos el bergantín de su Majestad La Curiosa con destino a Cayena y el bergantín de correos El Quirós.
El ataque de Nelson en 1797. El general Gutiérrez derrotó a las tropas inglesas al mando de Nelson en el ataque a las islas. Ese día El General tenía crisis asmática, a pesar de ello encerró a los ingleses en el Convento de Santo Domingo venciéndolos. Desfallecido y azagado capituló, dejando reembarcar a los enemigos con sus armas y con honores de guerra, cuando debieron haberlas rendido y quedado nuestros prisioneros. Bien es verdad que con las inexpertas, indisciplinadas e inermes milicias, poco a casi nada se podía hacer, por lo cual don Antonio redactó un bando donde reconoce las indisciplinas y el poco espíritu militar de las tropas y enmienda los fallos encontrados en las unidades de combatientes que intervienen en la defensa de la plaza de Santa Cruz de Tenerife aquel día 25 de julio de 1797. Su Majestad el Rey lo asciende, confiriéndole además la Encomienda de Esparragal en la orden de Alcántara. Su salud empeora y poco antes de las cuatro de la madrugada del día 22 de abril de 1799 fue llamado el médico de cabecera que le diagnosticó perlesía (parálisis en el brazo y en la pierna). Murió el 14 de mayo de ese mismo año y fue sepultado en la capilla del Apóstol Santiago de la parroquia de la Concepción de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. (de Laguna).
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Cuando Nelson atacó éstos eran, de norte a sur, los castillos y reductos fortificados: Torre de San Andrés, castillo de Paso Alto, fuerte de San Miguel (en la desembocadura del barranco de Tahodio), baterías de Santa Teresa (en la margen derecha del barranco), Candelaria, Santiago, San Rafael, Pilar, San Antonio y Santa Isabel (todas en las inmediaciones del actual solar que ocupa el acuartelamiento de Almeida), fuerte de San Pedro, baterías de la Rosa (junto a la Alameda), del Muelle y de Santo Domingo (junto al castillo de San Cristóbal), Castillo Principal o de San Cristóbal, baterías de la Concepción (donde está el edificio del Cabildo), de San Telmo (margen derecha del barranco de Santos) y de San Francisco (en la Caleta de Negros), castillo de San Juan y baterías de las Cruces y Barranco Hondo (en Puerto Caballos). Estos castillos y reductos fortificados armados con casi un centenar de cañones y una docena de morteros, estaban unidos por una muralla y hacían de Santa Cruz una plaza prácticamente inexpugnable. Nunca pudo ser ocupada por los enemigos de España. Existen en la actualidad otros dos castillos que no figuran en la relación anterior: San Joaquín y Almeida.
La muralla defensiva se construyó en 1656 y consistía en un parapeto de tierra revestido interior y exteriormente con muros de piedra y barro, y un espesor de unos tres metros y medio. Todo muy mal hecho, pensando sólo en un ataque marítimo y siguiendo las sinuosidades del terrerno. Doscientos años después estaba en deplorable estado. Hasta mediados de del siglo XIX, el recinto de la plaza estuvo comprendido entre los castillos de Paso Alto y San Juan, en su extremo, teniendo al de San Cristóbal en el centro. Esta muralla era poca cosa, como demostró el ataque de Nelson. Tenía una altura sobre los riscos en que se asentaba de unos dos metros, lo que no impedía un ataque por sorpresa. Otro defecto grave era que apenas se elevaba algo más de un metro sobre el “camino de ronda”, de forma que no cubría de las vistas desde el mar a la tropa que por el camino circulaba. Creo que con vistas a la defensa era más un estorbo que un obstáculo serio. (Juan Arencibia).
En abril de 1797, Nelson, con la autorización de Jervis, destaca a Santa Cruz las fragatas Terpsicore y Dido. La primera, al mando de Richard Bowen, halló en el puerto la fragata de la Compañía de Filipinas Príncipe Fernando y, en un golpe de audacia, la asaltó y logró sacarla fuera del alcance de la artillería de la plaza. La presa se estimaba en un valor de medio millón de pesos, con lo que la idea de Nelson había resultado bastante rentable. Por esas mismas fechas, Jervis recibió informes, posiblemente por algún barco inglés de los que practicaban el corso en aguas de Canarias, en el sentido de que, si bien era cierto que se encontraban en la bahía de Santa Cruz las dos fragatas de la Compañía de Filipinas, no lo era la llegada del Virrey de México, con lo que le parecía que no se justificaba lo suficiente la expedición y “aquel gran objeto que era cuando me habéis sugerido aquella empresa”. Pero, al mismo tiempo, Jervis recibió noticias de que también se encontraba en Santa Cruz un corsario Francés, la corbeta La Mutine, al mando del capitán Xavier Paumies, que sí le pareció un objetivo interesante. (Cioranescu).
El Cónsul francés en Tenerife informa: El desembarco de los Ingleses ha servido para abrir los ojos sobre la necesidad de poner el pueblo y el puerto en estado de defensa. Se debe esta justicia al Capitán General que no ha descuidado medio alguno para inspirar confianza a este respecto. Pero al mismo tiempo que se ocupa de salvar la Isla de Tenerife que probablemente los Ingleses no atacarán más, se descuida y se abandona la Gran Canaria que ellos hostigan todos los días. La despreocupación sobre este punto acaba de costar a los negociantes de Marsella la pérdida de un buque armado en corso de cuarenta cañones, con un rico cargamento, procedente de Guadalupe. Este buque, atacado por dos fragatas inglesas, se había refugiado bajo las baterías de tres castillos de la Isla de Canaria, donde no se halló ni pólvora ni artilleros. La tripulación francesa, viendo que no recibía ayuda alguna de parte de los castillos, resolvió bajar a tierra para el servicio de las baterías, pero estuvieron obligados a esperar la pólvora que se halló en muy mal estado. El Inglés tuvo todo el tiempo para amarinar el navío francés que acababa de soltar en una costa de esta Isla el resto de la tripulación que yo procuraré hacer volver a Europa lo más pronto posible con la tripulación del navío bordelés El Pez Volador, armado en corso que iba a Guadalupe, capturado por los ingleses a la altura del cabo Finisterre. En este momento hago partir la goleta americana La Ruthy para transportar a Cádiz otros 70 marinos franceses procedentes de las tripulaciones de La Bella Angélica y de La Mutine. Espero que esta segunda expedición tenga buen éxito como la primera. Salud y fraternidad.(Clerget).
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Como consecuencia de la sonada victoria de las tropas españolas sobre los hombres desembarcados por el contraalmirante Nelson en Tenerife, el general Antonio Gutiérrez elevó a las altas instancias españolas una petición de recompensas para los más destacados en la jornada del 25 de julio de 1797. Como era de suponer incluía a los mandos más significados, a los que se proponía para el empleo inmediato superior. En la relación estaban los jefes y oficiales, Salcedo, Marquelli, Estranio, Guinther, Greagh, Prat, Rosique, Siera, etcétera. Todo normal. Era una petición de ascenso generalizado en la que a todos se daban los mismos méritos, lo que al final resultó inefectivo, porque no hubo ascensos.
Hubo una excepción, porque al incluirlo en la relación se especificaron sus méritos pormenorizados. El general Gutiérrez hizo una mención especial del cabo del Regimiento de Güímar Diego Correa, a quien proponía para el ascenso al grado de subteniente. Era un buen salto. ¿Cuáles fueron sus méritos? Pues Correa estaba de servicio en la batería de La Concepción. Desde su puesto vio que la madrugada del 25 de julio zozobraban unos botes ingleses cuando intentaban acercarse a la costa. Correa arengó a un puñado de soldados y se lanzó sobre los ingleses que intentaban alcanzar la playa. Combatió contra ellos y capturó 17 a los que llevó prisioneros al castillo de San Cristóbal ante la sorpresa general. Además se apoderó de sus armas, etre otras un cañoncito de campaña. Correa, nacido en La Laguna en 1772, fue un aventurero. Se casó a los 19 años con Pilar Bottino, hija de un comerciante genovés afincado en La Laguna. En 1803 le llegó el ascenso a subteniente. Después de ejercer de guarda mayor de montes durante un año, embarcó con el grado de capitán a Cádiz en 1808. En 1910 aparece en Estados Unidos, más tarde en La Habana, en Gibraltar, en Madrid… En 1836 fue nombrado Intendente en Filipinas, donde murió en 1843. (Juan Arencibia)
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Esta entrada fue publicada el agosto 21, 2013 por en Historia, Pasado.
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