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El paisaje después del espectáculo

Los telespectadores de casi todo el mundo tenemos los ojos puestos en Siria, cuyo relato se encuentra en un “impasse” narrativo. Y como sucede con cualquier show que ha entrado en su punto muerto, en el que parece no haber posibles salidas para su desarrollo, los espectadores nos hacemos preguntas. ¿Tienen o no tienen que intervenir los nuestros? ¿Debemos dejar que un conflicto interno continúe su propio curso? ¿De qué forma habría de intervenirse? En definitiva…, ¿qué hacer? Son el tipo de preguntas que todo espectador se hace cuando ha aprovechado el parón narrativo del relato para echar la meada de turno. ¿Qué hacer? ¿Qué alternativa nos dejan a nosotros, los solidarios occidentales? No podemos dejar que un pueblo se masacre a sí mismo. Cara de circunstancias. Etcétera.

Cuando nos volvemos a sentar, estamos a lo que estamos, porque somos, sobre todo, espectadores obedientes que miramos (que comemos) lo que nos ponen en nuestras pantallas (en nuestros platos), y ahora toca estar en Siria. Y ahí estamos. Las multinacionales de la comunicación llevan dos años contándonos la triste historia de un país donde la llamada primavera árabe se quedó atascada. Desde entonces, los grupos rebeldes tratan de derrocar a Bashar al-Assad para asumir el poder, y el jefe de Estado sirio se resiste a correr la misma suerte que otros colegas suyos, como el expresidente egipcio Mubarak, por ejemplo. Resultado: metástasis social que ha derivado en una cruenta guerra civil. Cada día, las multinacionales de la comunicación (cadenas de televisión, agencias de noticias, etcétera), sin apenas excepciones, nos han querido retransmitir esta guerra civil. Nos han contado historias de ataques, de unos y otros, de masacres, de unos y otros, y nos han puesto sobre la mesa (sobre nuestros ojos) multitud de imágenes del horror, niños muertos, sangre, el caos, y otros elementos formales con el que nosotros, tranquilamente sentados desde nuestros sofás, hemos construido el relato que, efectivamente, les ha convenido a las multinacionales que nos entretienen delante de nuestras máquinas expendedoras de imágenes. Ni siquiera en una de las publicidades de las largas, cuando incluso nos da tiempo a una buena cagada, nos vamos a plantear, tranquilamente sentados en nuestros asientos de reflexión, las siguientes preguntas: ¿por qué llevamos dos años asistiendo a este conflicto?, ¿por qué nos muestran las imágenes de Siria, al tiempo que se mantiene, en fuera de campo, multitud de conflictos, grandes o pequeños, donde también muere gente? Nos limpiamos el culo, le damos a la bomba, la mierda desaparece y al salón… Y volvemos a Siria, porque es donde nos toca estar como espectadores obedientes.

¡Como para pensar en el paisaje que dejaron otros espectáculos…! Donde asoman, al menos, algunos conatos de respuestas. Hace muy poco en Libia, donde la civilización (nosotros) tuvimos el deber de domesticar a la barbarie (ellos), donde teníamos que llevar la democracia (nuestra ficción preferida y nuestro pretexto que vale lo mismo para un roto que para un descosido) a los pobres súbditos del tirano Gadafi (¿ya no nos acordamos de este relato con el que nos mordimos las uñas?), donde se facilitó que los rebeldes mataran al monstruo egocéntrico (¿ya no nos acordamos de cuándo exclamamos “guau” al ver las imágenes del, primero moribundo, y después cadáver de Gadafi?), y donde, una vez que nuestras cámaras (y nuestras armas) dejaron de estar, ya nada más se supo. ¿Por qué no nos cuentan que Libia es ahora un país asolado, donde varios grupúsculos intentan acceder a un poder imaginario, que realmente siguen gestionando las grandes multinacionales del sector energético, las española Repsol, entre otras? O hace un poco más de tiempo en Irak, donde se fue a por las armas de destrucción masiva y se vino con el ahorcamiento en directo de Sadam Hussein, y donde el vacío de poder posterior, diseñado en despachos de mandamases a miles de kilómetros, ha generado miles y miles de víctimas civiles en incesantes ataques terroristas. O en Afganistán. O en Somalia. Etcétera. ¿Por qué no nos hacemos esta pregunta, sencilla y directa, que es… qué objetivos se han cumplido de los que se marcaron nuestros dirigentes (de los que nos dijeron que se marcaron) en las intervenciones militares de todos estos países? Es una pregunta de almohada, facilona, una de esas ocurrencias tontas que uno tiene cuando se está durmiendo, pero no… Nos dormimos. Y cuando despertamos, volvemos a Siria.

Nuestras máquinas expendedoras de imágenes no nos han mostrado el paisaje después del espectáculo (solamente los atentados que tienen lugar en estos países son la excepción, donde el espectáculo colea en forma de imágenes impactantes de cuerpos troceados, algo que siempre vende, aunque sea en forma de pequeñas píldoras informativas) en ninguno de los países donde Occidente ha intervenido. Y justamente ahí tenemos una respuesta, sobre lo que será Siria dentro de un tiempo, no más que un país inexistente donde el paisaje después del espectáculo no será ya una historia comercial. Entonces, como ocurre hoy con Libia, decir Siria provocará el eco que tienen las palabras en los lugares vacíos. El espectáculo estará en otro lugar, y allí estaremos todos. Habremos ido en masa, guiados por nuestros pastores, a los grandes pastos donde rumiar los espectáculos más sabrosos.

Pero todavía queda show en Siria… Seguimos expectantes en este “impasse” narrativo. Sabemos, porque las historias que nos cuentan responden a una idéntica estructura dramática, que el uso de armas químicas es un buen detonante que nos va a traer trepidantes escenas de acción, protagonizadas por los nuestros. Hay murmullos en la sala. Y muchos nervios. Nuestros gobernantes están reunidos. La intervención puede ser inminente… La cosa promete. ¿Qué hacer? Rápido, quizás todavía nos de tiempo de salir a comprarnos unas palomitas…

War Disney

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Esta entrada fue publicada el septiembre 15, 2013 por en Actualidad, Opinión.
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